lunes, 27 de junio de 2011

Enfermedad pre-existente

Marina llevaba 18 días, 20 horas y 31 minutos esquivando a la muerte. No había leído periódicos mientras su esposo permanecía hospitalizado. No sabía qué era de la vida de Chávez ni de los dólares de Cadivi. Por ahora sólo se sabía compañera y madre.
Esa tarde se sentía aliviada, a pesar de tanto dolor de espalda, tras cargar a cuestas las navidades más pesadas de su historia. Estaba tranquila. Su marido le había pedido cualquier periódico, el que fuera, y ella se maravilló con esa minúscula chispa de lucidez escapada de aquel nubarrón que se empeñaba en opacar la destellante y habitual energía de Javier.
Salió a respirar la noche que apenas se estrenaba, a batir sus cabellos cortos en la calma. Entró a la panadería, dispuesta a mirar de nuevo el rostro de la realidad, a reiniciar ese estado aparentemente normal de entendimiento entre los seres humanos que se suponen cuerdos.
Buscó el diario. A esa hora sólo quedaban dos ejemplares. De una vez miró el titular a ocho columnas de la noticia principal: Asesinado un joven periodista larense. Leyó con prisa, atropellando las letras para conocer el nombre del infortunado colega, y pronto miró a la muerte de reojo, burlándose de ella. Era un chamo que conoció hace pocos años, bastante brillante, le parecía; un joven valioso del periodismo local. No se pudiera decir que fuera su amigo, anque habían intercambiado palabras, opiniones, y compartían ese mundo que rodea a la empresa periodística, porque tanto ella como su ahora convalesciente compañero habían pasado por una travesía profesional bastante similar: iniciarse en un periódico, "patear la calle"... Así comienza todo.
Tras leer el diario, a Marina le volvió, de inmediato, aquel punzante dolor de espalda, que por esos días era lo más cercano a la conciencia de sí misma.
Al menos su esposo luchaba contra una enfermedad “pre-existente” (así la catalogó la compañía de seguros para no pagar ni un centavo). Pero el muchacho sólo tenía vida. Mucha vida. No contaba, ni nadie, con otra enfermedad pre-existente: la del odio, que convierte a la especie humana en la más vulnerable de todas.
Marina volvió a casa, sospechando de la noche, escapando de la nada. “No conseguí el diario”, le dijo a Javier, quien con un “No importa, amor” devolvió el color a las mejillas de su mujer.

Verónica Pérez Traviezo

domingo, 26 de junio de 2011

Novela y pie de página













Santiago González Carriedo
Agradecimientos
2010
133 páginas



El poeta y editor mexicano Luis Miguel Aguilar escribió que, en la vida textual, pocas cosas hay tan frustrantes como ser llamado al pie, bajar y recibir un mero “ibid”.
Aguilar, confeso lector de las “insondables” notas al pie, podría encontrar en Agradecimientos la confirmación literaria de que este recurso discursivo puede encubrir “algo más”.
En efecto, Santiago González Carriedo inaugura una manera de contar en la que se complementan, con genial ironía, dos discursos paralelos: el de sus agradecimientos, y el de las 30 notas al pie de página, que es donde realmente se narra la historia, además de los dos cuerpos de anexos que terminan de retratar una íntima relación entre un autor, su enmarañado mundo interior y la novela que ha escrito.
De esta manera, González Carriedo transforma lo que suele usarse como apéndice, posiblemente útil, pero execrado de la línea a lugares marginales de la página, o del libro, en un recurso estilístico que revela un lúdico empleo de las variadas formas del discurso, interconectadas con ingenioso humor.
En Agradecimientos, el personaje principal es una novela que termina con 32 reimpresiones y tres ediciones (Manual del buscador de oro), y cuya publicación envuelve una historia repleta de sarcasmo, donde la realidad y la ficción parecen intercambiar roles para develar ciertos intríngulis, posiblemente genuinos, del mundo editorial.
Claro que González Carriedo también incurre en otras indiscreciones. En su obra puede haber más de un cuestionamiento: al sistema judicial, a las tradicionales relaciones de pareja, a la represión policial, a las “desviaciones” de la izquierda española, a la prensa, a la industria editorial; todo tras un relato aparentemente policíaco que dista mucho de ser la clásica historia de un crimen.

Verónica Pérez Traviezo